Marcelo Díaz nació en Bahía Blanca en 1965. Estudió Letras en la Universidad Nacional del Sur. Integró el grupo de arte público Poetas Mateístas, que entre 1985 y 1993 pintó murales con poemas en las paredes de Bahía Blanca, y editó la revista mural CUERNOPANZA.
Colaboró con la revista objeto Vox, el Diario de Poesía, la revista de artes y letras Otra Parte y el sitio www.bazaramericano.com
Coordinó en Ferrowhite, museo taller del puerto de Ingeniero White, junto a Vivi Tellas y Natalia Martirena, el proyecto Archivo White de teatro documental.
Es uno de los organizadores del Festival de Poesía Latinoamericana de Bahía Blanca.
Coordina junto a Omar Chauvié, Mario Ortiz y Sergio Raimondi la EAPP (Escuela Argentina de Producción Poética) en el Departamento de Humanidades de la Universidad Nacional del Sur.
Publicó Berreta, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1998; Diesel 6002 , Vox, Bahía Blanca, 2002; Laspada, El Calamar, Bahía Blanca, 2004; Es lo que hay (poesía reunida), 17 grises, Bahía Blanca, 2010; Díptico para ser leído con máscara de luchador mexicano (plaquette), Editorial Subpoesía, Buenos Aires, 2013; Blaia, Ediciones Liliputienses, Cáceres, 2013, y 17 grises, Bahía Blanca, 2015; La estructura del desequilibrio, Ediciones Liliputienses, Cáceres, 2017.

 

La antropología revela que los canacas confunden órganos y vegetales

Así es. Cuando un niño canaca nace, el cordón umbilical es enterrado junto a un retoño en un lugar del bosque cercano a la aldea. Así ligados al nacer, los canacas son ellos y son también los árboles que los rodean. Esto resulta particularmente notorio en la lengua canaca, en la que las partes del cuerpo son nombradas con derivaciones de palabras provenientes del mundo vegetal.
Una obviedad decir que para los canacas nuestro cuerpo individual es un absurdo.
Mucho más de los canacas no sé. Pero mientras dispongo unas ramas para iniciar un fuego, intento imaginar una fogata canaca…
“En la cosmogonía canaca, escribe Le Breton, cada hombre sabe de qué  árbol de la selva procede cada uno de sus antepasados, y él mismo incluso”. También pienso que entre los canacas el cuerpo es una extensión hacia adentro del mundo, y viceversa, por lo que cartografía y anatomía canacas, si existiesen, serían disciplinas intercambiables.

de BLAIA, Ediciones Liliputienses, Cáceres, 2013

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Iglú blanco sobre fondo blanco

Existiría la creencia que los esquimales tienen más de veinte palabras distintas para decir veinte tipos distintos de hielo o de nieve.
Habría, por ejemplo, una palabra esquimal para decir el hielo que se quiebra ante el menor contacto con un pie pequeño.
Otra palabra para la nieve cayendo.Otra para la nieve cayendo por la noche.Otra para la nieve cayendo por la noche iluminada por una linterna.
Y otra palabra más aún para decir la consistencia esponjosa de la nieve, por la noche, cayendo en la palma de la mano derecha después de habernos quitado el guante de cuero de foca, no sin esfuerzo, con los dientes (porque la mano izquierda sostiene, todavía, una botella).
Y así…
En una superficie regida por el blanco, el cuerpo y el lenguaje se habrían calibrado como un instrumento de altísima precisión para incubar en el infierno helado de lo mismo un mundo de diferencias, y habitarlo.
Ahora bien, la lingüística tiene sus serios reparos sobre todo esto…